Estereograma vez primera
Secreto del Mantel
Había algo hipnótico en la espera. El vapor de la cocina traía el aroma de los frijoles recién hechos, y el murmullo de mis abuelos llenaba la sala. Yo estaba allí, sentado a la mesa, escuchando sus historias como quien oye una música de fondo, con la mirada perdida en el hule que cubría la madera.
El mantel tenía un patrón repetitivo, una red de figuras que se extendía de punta a punta. Mientras cenábamos y las voces se mezclaban con el tintineo de las cucharas, mis ojos dejaron de enfocar. Fue entonces cuando el mundo se desdobló.
De antemano, no parecía haber nada extraño, pero de pronto, la superficie plana del mantel cobró una profundidad imposible. Una impresión extraña me recorrió el cuerpo; mi mente, llena de sorpresa, no lograba entender cómo las figuras empezaban a cobrar vida. No era un simple dibujo: era un estereograma natural.
Las siluetas amarillas que estaban estampadas en el tejido comenzaron a moverse, saltando fuera del patrón, flotando en un relieve que solo yo podía ver. El mantel ya no era tela, era un paisaje tridimensional que vibraba ante mis ojos.
Me invadió un destello de miedo, esa precaución infantil ante lo inexplicable. Cerré los ojos con fuerza, intentando regresar a la realidad sólida. Me quedé un momento a oscuras, temiendo volver a mirar, pero la curiosidad fue más fuerte. Al abrir los ojos e intentar intentarlo de nuevo, el truco sucedió igualmente. El mantel volvió a abrirse como un abismo de formas amarillas.
Finalmente, el hechizo se rompió con un sonido familiar. El plato aterrizó frente a mí; los frijoles estaban servidos, humeantes y reales, devolviéndome al mundo donde las cosas, por fin, se quedaban quietas.

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