La Resina de la Memoria: Crónica del Pirul


​He recorrido infinitos caminos. Rutas hacia trabajos mal pagados y otros soñados, trayectos hacia escuelas que ya no existen y destinos que sigo transitando. Y en esa cartografía de mi vida, siempre han estado ellos: seres vivos, estáticos y frondosos, que me aguardan en los pasillos de la ciudad.
​Son los árboles de pirul. Esos guardianes de ramas colgeantes que me ofrecen sus hojas verdes y aromáticas. Nuestra relación no siempre fue amable; muchas veces, al pasar de prisa, sus ramas me golpeaban el rostro como un reclamo. Otras veces, era yo quien, con coraje o aburrimiento, arrancaba sus hojas y las trituraba entre mis dedos. Dejaban en mis manos unas manchas verdes, pegajosas y persistentes.
​Fue en uno de esos arrebatos, con las manos manchadas de savia, que me llevé los dedos a la nariz. Y sucedió.
​Ese aroma no era solo una fragancia; fue una inyección de paz. Un olor fresco, intensamente resinoso, picante y vivo. Descubrí que ese bálsamo agreste tenía la capacidad de apagar mis ansias y traer una calma inmediata a mi mente ruidosa. Desde entonces, frotar esas hojas se convirtió en mi ritual recurrente.
​Recuerdo vívidamente la época en que jugaba fútbol americano. El trayecto desde el departamento de mi papá hacia la Preparatoria Número Ocho, la casa de los Leopardos, estaba flanqueado por estos árboles.
​Eran tiempos de entrenamientos de pretemporada, bajo el sol de las vacaciones. Las exigencias físicas eran brutales y la presión provocaba en mí una ansiedad que se alojaba en el estómago. Pero antes de llegar al campo, antes de ponerme el casco y enfrentar el golpe, buscaba mis árboles de pirul.
​Trituraba las hojas, liberaba su espíritu verde y lo inhalaba con fuerza. Esa resina me imponía una certeza absoluta: "Todo va a estar bien". Era mi ansiolítico natural, mi amuleto de seguridad antes de la batalla.
​Han pasado varios años desde aquellos días de tacleadas y sudor. Sin embargo, los árboles siguen ahí, sembrados en mi memoria y en mis caminos hacia el trabajo. Pero ahora, el escenario ha cambiado. Ya no están solo en la calle; han invadido mi copa.
​Hoy, cuando analizo los descriptores de los vinos, cuando agito una copa de tinto con cuerpo, un blanco complejo o un rosado vibrante, a veces el tiempo se detiene. De pronto, entre las notas frutales y las maderas, emerge ese aroma inconfundible a pirul.
​Ya no es la mancha pegajosa en las manos de un adolescente ansioso; ahora es una nota elegante, una especia fina, un matiz de pimienta rosa y hierba fresca. Pero el efecto es el mismo. Ese olor me deja helado por un instante, atrapando en el líquido sensaciones de quietud y viejas desesperanzas, recordándome que la certeza que buscaba en las ramas, ahora la encuentro en el fondo de una copa.

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